Se suele entender la asertividad como la capacidad de decir «sí» o «no» en el momento adecuado pero, aunque esto es importante e implica asertividad, ésta va más allá. Se trata de una habilidad y estilo de comunicación que se sitúa entre la agresividad y la pasividad. Implica reconocer y expresar los propios derechos, sentimientos, necesidades y opiniones de manera clara, directa y con respeto.

Las personas que no se comunican de manera asertiva, no se suelen sentir libres para expresar su mundo interior, dejando pasar oportunidades de hacerlo por miedo, indecisión o falta de confianza. No se respetan ni a sí mismas ni a los demás y pueden provocar conflictos interpersonales que perjudiquen sus relaciones sociales. Esta falta de respeto facilita que su autoestima caiga progresivamente en compañía de sentimientos de frustración, culpa, ansiedad, soledad, etc.

Por el contrario, las personas asertivas suelen contar con una autoestima más sana y con mejores hábitos de relación con los demás. Ser asertivo ayuda, entre otras cosas, a ser tratado con respeto, a ser escuchado, a saber decir «no» sin sentimientos de culpa, a hacer peticiones, a valorarse, a tomar decisiones de una manera más independiente o a sentirse más relajado.

Cuando hablamos de autoestima, hacemos mención a la percepción autoevaluativa de uno mismo. Al asociar un estilo de comunicación asertivo con una autoestima sana, estamos considerando que esa percepción autoevaluativa, esa mirada hacia uno mismo, es realista, autocomprensiva y amable.

Una persona con una sana autoestima, que se aprecia y valora a sí misma, desde la aceptación de su propia realidad, podrá relacionarse con los demás en el mismo plano, reconociendo a los que son mejores o peores en alguna habilidad, sin sentimientos de inferioridad o superioridad asociados.

Podríamos decir que, dado que la relación existente entre autoestima y asertividad es directa, trabajar en mejorar nuestro estilo de comunicación es trabajar en potenciar nuestra autoestima y viceversa.